martes, 1 de enero de 2013

Dejad que los fastidiosos vengan a mí

 
Según sea el vínculo con Dios, encontramos personas que procuran ser muy fastidiosas y encontramos personas que nunca quieren molestar.

Existen dos formas de ganar amigos: molestando mucha gente y no molestando a nadie.

Esto suena contradictorio porque efectivamente lo es. Se convierte en coherente si incorporamos la muy interesante variable de que un caso y su opuesto existen en contextos distintos.

Si no aclaro esto, usted no seguirá leyendo, por lo tanto, aclaro:

Como todos necesitamos ser amados y tenemos la ilusión de que es posible controlar inteligentemente ese anhelado objetivo, hacemos cosas, intentos, ensayos-y-errores, para que los demás nos quieran.

Al comienzo de nuestra vida recibimos una primera enseñanza cuyo eficacia pedagógica es enorme porque es la primera y porque nos ocurre cuando tenemos casi todo por aprender.

Esa primera experiencia nos lleva a pensar que siendo indefensos, llenos de problemas, llorones, hambrientos, quejosos, intolerantes, ansiosos y demás cualidades afines, nuestra madre o alguien de rol similar, correrá a resolvernos el problema, demostrándonos así que nos ama.

Por lo tanto, nuestra primera enseñanza nos indica que cuanto más molestemos a los demás, más amados seremos por nuestras víctimas.

En una segunda etapa, algunas personas tienen tan tristes experiencias que llegan a dudar de que molestando ganamos amigos y, en los peores casos, llegan a deducir que molestando perdemos amigos que ya teníamos.

Estas infelices criaturas pueden tener una reacción extrema: para no molestar intentan valerse por sí mismos, evitan por todos los medios ser parásitos, menesterosos, necesitados, con lo cual muchos amigos se apartarán porque no se sienten útiles, porque les quitan la oportunidad de ayudar.

Para el primer grupo (los fastidiosos), amar a Dios es no parar de pedirle, rezarle, sobornarlo con ofrendas y para el segundo grupo (los autosuficientes), amar a Dios es dejarlo tranquilo.

(Este es el Artículo Nº 1.783)

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Creer significa no estar seguro



   
Las incoherencias de las religiones ocurren porque la fe en realidad es miedo y porque «creer» significa «no estar seguro».

Las funciones de un ser humano vivo siempre son coherentes y la vida deja de existir cuando se pierde esa coherencia vital.

En otras palabras: de un ser vivo no podemos decir que es incoherente porque la propia función vital está demostrando que esa coordinación básica está presente.

Claro que en niveles más específicos de funcionamiento podemos decir que alguien no tiene un pensamiento coherente cuando su discurso no muestra una relación lógica entre las ideas. Por ejemplo: «Me gusta lo que me desagrada», «El color blanco es demasiado oscuro», «La suma de las partes es menor al conjunto de esas partes».

Muchas personas creen en Dios, a quien le asignan una cantidad de atributos sobre-humanos. Para los ateos, la definición de Diós es “ente imaginario que supera en cualidades a quienes lo imaginan”.

Sin embargo, esas mismas personas le rezan, le piden con insistencia. Esto demostraría que en realidad no creen tanto en Él.

Si esta conducta, que desde un cierto punto de vista es incoherente, pero que seguramente cuenta con una coherencia básica en tanto la persona que así se comporta está viva, debería tener alguna explicación que nos permita comprenderla.

Por qué alguien que dice tener fe en su deidad,

— tiene que pedirle las cosas mil veces (rezar)?

— se ofrece para sacrificarse, padecer y sufrir como estímulo para un dios del que se dice es todo amor?  y

— hasta intenta sobornarlo con ofrendas para ver si su grado de corrupción es sensible a la coima?

La explicación de por qué todo esto es coherente estaría en que la fe en realidad es miedo y en que toda creencia inevitablemente está llena de dudas.

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La historia se repite



   
No sé si es tan cierto que «la historia se repite» o más bien los escritores escriben viejas historias reformándolas apenas.

Mariana fue mi primer amor. En los recreos no jugaba con mis amigos con tal de mirarla. Me parece que alguna vez, confundido, hasta llegué a rezarle.

Tenía muchas amigas y un solo amigo... que no era yo, por supuesto.

La vida nos separó cuando mis padres se mudaron a otra ciudad.

Años después, me recibí de psicólogo, anduve en España haciendo cursos de especialización porque era mi creencia que un consultorio psicológico debía estar decorado por muchos títulos, certificados, diplomas, constancias y demás adornos.

Cuando volví a mi querida América Latina, los «papelitos» dieron resultado pues mi gusto por llamar la atención con falsos oropeles da resultado en casi todos lados.

La suerte me llevó a participar en programas de televisión y de radio con gran audiencia. Eso hizo que con muy poca experiencia clínica me convirtiera en el supervisor de varios colegas, seguramente encandilados por lo que creyeron cuando exageré mis méritos con singular descaro.

Ejerciendo esta función recibí a una colega, con más experiencia real que yo, pero con perfil notoriamente humilde, que trajo a la consulta un caso interesante.

Su paciente estaba angustiada por sentimientos de culpa muy realistas.

Ella tenía dos amantes que amaba por igual hasta que uno de ellos comenzó a practicarle rudos procedimientos que le marcaban la piel. Aunque lo toleró ligeramente complacida por el desenfreno pasional del «agresor», comenzó a preocuparse por las evidencias que podrían ser vistas por el otro amante.

Así ocurrió efectivamente, pero para su sorpresa, en vez de una escena de celos notó que los estigmas resultaron ser sexualmente excitantes, induciéndolo a provocar otras marcas aún más dolorosas y visibles.

La colega consultante interpretó que la paciente se había convertido en la pizarra donde dos hombres se enviaban mensajes.

La paciente comenzó a preocuparse por la escalada de violencia desatada contra su cuerpo, especialmente porque sentía que disfrutaba auto-destructivamente, cada vez más.

En sendas conversaciones con los amantes, la mujer se enteró de que eran hermanos. Para defender su integridad física procuró desplazar las prácticas sado-masoquistas al plano simbólico y logró que los hermanos supieran que estaban enamorados de la misma mujer y que los mensajes ahora dejarían de ser anónimos.

Los intensos remordimientos eran provocados porque ella confesó que prefería al hermano menor, ante lo cual el otro lo mató.

Para impresionar a mi colega, dije:

— Tal parece que su paciente hizo lo mismo que Dios cuando, al demostrar más interés por Abel, logró que Caín lo matara.

No pudo disimular lo impactante de mi interpretación. Seguramente mi fama crecería por sus comentarios entre los demás colegas.

Al irse, puso una cara inexplicable y mirándome a los ojos, me dijo:

— Supervisé este caso con usted porque la paciente es su angelical Mariana.

(Este es el Artículo Nº 1.779)

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domingo, 2 de diciembre de 2012

El Ratón Pérez en nuestros criterios económicos



    
En algunas personas la leyenda del Ratón Pérez estimula el empobrecimiento y en otras estimula el enriquecimiento.

Cuando en 1894 el rey de España, Alfonso XIII de Borbón, cumplió 8 años, tuvo el honor de conocer la versión hispana de la leyenda del Ratón Pérez.

Efectivamente, el rey perdió su primer diente a esa edad y para festejar el gran acontecimiento (las monarquías son así: tienen prioridades insólitas para cualquier republicano), un sacerdote, (Luis Coloma), recicló una historia que según parece es universal y probablemente milenaria.

Solo como señal de ajuste de nuestras respectivas memorias, esa leyenda cuenta que un ratoncito deja algunas monedas a los niños que guardan sus dientes provisorios (1) debajo de la almohada, a medida que van siendo remplazados por los definitivos.

Cuando los padres tienen la mala suerte de ser descubiertos en plena faena, suelen decir que “al Ratoncito Pérez se le cayó la moneda cuando la estaban llevando para sustituir al dientito”.

Como nada es porque sí, ¿qué significará esta leyenda?

La tradición folclórica psicoanalítica me inspira una ocurrencia, tan desventurada como cualquier otra.

La pérdida de una herramienta tan necesaria para la alimentación no es algo que el niño haga voluntariamente. Más aún: cuando comienzan a aflojársele los primeros dientes, se angustia y cuando se le caen, tanto la pérdida en sí como el ocasional sangrado, resultan muy perturbadores.

Es entonces que el ingenio popular ha pensado en pagarle, indemnizarlo, consolarlo con dinero. En el mundo mágico de los pequeños, actuamos para que él crea que «no hay mal que por bien no venga», o que «Dios proveerá», o que «perder trae suerte».

En la adultez, algunos tratarán de perder solo para ser premiados por un mágico Ratón Pérez y otros apostarán fuerte solo si cuentan con dientes suficientes como para seguir comiendo.

(1) A la dentición provisoria también se la conoce como dentición decidua, dentición de leche, dentición infantil o dentición primaria.

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La religión psicoanalítica

   
Los psicoanalistas tenemos creencias religiosas, pero no adoramos a un Dios sino que estamos peligrosamente seducidos por la coherencia del psicoanálisis.

La imagen de una isla desierta en la que se encuentra una pareja de humanos, remite a la relación madre-hijo.

Dos náufragos, casualmente bellos y de una edad similar, llegan a esa isla en la que tienen que iniciar una convivencia forzados por las circunstancias inmodificables.

El interés dramático de esta ficción surge de lo que en realidad nos ocurrió cuando con nuestra madre  quedamos externamente unidos después del parto.

Primero fuimos una parte de ella pero luego formamos una pareja con ella, en una especie de isla desierta porque psicológicamente nuestra unión es tan intensa como si no existiera nadie a nuestro alrededor.

Si quiso la casualidad que fuéramos afines, entonces ella podrá ayudarnos apelando a nuestras semejanzas, pero si no lo somos, entraremos en un conflicto permanente y en este clima se producirá nuestra evolución hacia la adultez.

Como vemos, la suerte determinó quiénes nos reuniríamos en aquella isla desierta para tratar de convivir como pudiéramos.

Las características de mamá y mías pueden ser compatibles o no. Lo que siempre ocurrirá durante los primeros años será que ella tendrá que ayudarme a sobrevivir porque no podré lograrlo solo.

Ella tendrá que darme órdenes, estimularme, reprimirme, acariciarme y golpearme.

Las dosis de estímulos dolorosos y placenteros, no solamente dependerán de nuestras respectivas personalidades sino que también estaremos influidos por otros factores igualmente casuales: las oportunidades del entorno, las casualidades en cuanto a accidentes, enfermedades, ocurrencia, apetencias, deseos, cansancio, aburrimiento, clima y un aleatorio etcétera.

Estas experiencias primarias parecen ser determinantes de cómo enfrentaremos la vida, pero esta no pasa de ser una creencia, muy arraigada en los psicoanalistas, pero tan poco probable como es la existencia de Dios.

(Este es el Artículo Nº 1.741)

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