lunes, 28 de febrero de 2011

Los dioses son tan humanos como hace falta

La riqueza del Vaticano no puede ser repartida porque provocaría la furia de Dios y, en vez de hambre, tendríamos desgracias aún peores.

Sólo es necesario observar qué hacen los fieles con sus dioses, santos y personajes poderosos, para tener un mapa bastante confiable de cuáles son sus sentimientos personales.

Esto es así porque las figuras imaginadas con poderes especiales, son creadas a imagen y semejanza de quienes las diseñan para su posterior adoración y aprovechamiento.

Los dioses siempre son más poderosos que sus fieles. Por eso fueron creados, para utilizar su fuerza extraordinaria en la protección, defensa y privilegios de sus fieles y creadores.

Para que esta invención funcione, también tienen que existir semejanzas entre el todopoderoso y sus beneficiarios, porque si no existieran estos elementos en común, no sería posible entablar el diálogo dios-ser humano que habilite las intensas transacciones que el humano inventor necesita tramitar con él.

Por ejemplo, cuando los diseñadores del personaje omnipotente lo imaginan violento, justiciero y vengativo, podemos pensar —sin temor a equivocarnos—, que los fieles también lo son ... aunque no puedan ejercerlo con todo su esplendor porque carecen del poder, inmortalidad e indestructibilidad que le asignaron al personaje inventado.

Cuando los diseñadores del personaje omnipotente lo suponen sensible a los regalos, generoso con quienes comparten con él la mejor parte de los dones recibidos y sensible a los sobornos, podemos pensar —sin temor a equivocarnos—, que los fieles también tienen esas preferencias.

Y finalmente, a quienes no logran explicarse cómo algunas iglesias —en especial la Católica—, toleran la convivencia de riquezas obscenas con semejantes hambrientos, debo decirles que, a los devotos de esas religiones —y por lo tanto a los dioses por ellos creados— los pone furiosos y vengativos devolver los regalos, ofrendas o sobornos.

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Los dioses y el sistema inmunológico

La creencia en dioses es un delirio colectivo que nos alivia.

Todos los pueblos, desde el origen de la especie, creen en la existencia de uno o más dioses.

Esta idea forma parte del funcionamiento mental básico.

Si aceptamos suponer que todo es materia y que nuestros pensamientos son segregados por el cerebro (o algún otro órgano), entonces, junto con las otras funcionalidades propias de nuestra anatomía, también imaginamos la existencia de algo o alguien omnipotente que nos ayuda, nos salva, nos proteje (como lo hace el sistema inmunológico)

Me animo a decir que los ateos tenemos esa funcionalidad atrofiada.

Esa creencia que nos surge espontáneamente, es un intento de disminuir nuestra angustia existencial de varias formas.

Es decir, la creencia en un ser superior, alguien que construyó todo lo que vemos, que es capaz de saber, observar y lograr lo que desee, no es más que nuestro propio deseo de tener ese poder.

Los poderes deseados e imaginados, son tan grandes, poderosos y absolutos como la debilidad que nos angustia. Si nos sentimos muy débiles (enfermos, accidentados, ancianos) soñaremos con la existencia de algo suficientemente capaz de salvarnos.

Este anhelo es un pensamiento tranquilizador, es una función mental capaz de distraernos de lo que nos agobia, nos preocupa, nos aterroriza.

Como toda obra creativa, ese dios está hecho a nuestra imagen y semejanza. Inconscientemente, somos nosotros mismos pero inmortales, todopoderosos, y —sobre todo— que nos ama tanto como nos amamos (narcisismo).

Un delirio psicótico es una forma de percibir la realidad que difiere de cómo la ven otros, pero que el delirante igualmente utiliza para organizar su vida en función de ella.

La creencia en dioses tiene una estructura delirante pero no es psicótica porque es compartida por una mayoría de personas.

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We love Fidel Castro

El líder cubano es estratégicamente, pro yanqui.

No me siento innoble cuando señalo algunas características negativas de las religiones, porque estoy seguro de que mi esfuerzo no hace más que tonificarlas.

Hace décadas que valoro los obstáculos, las resistencias o la oposición en tanto son factores de fortalecimiento a pesar de que el obtuso sentido común vocifere lo contrario.

Por ejemplo, sin la fuerza de gravedad, los árboles no crecerían, las aves no volarían ni podríamos vivir sobre la tierra.

Esa constante atracción hacia el centro del planeta nos consume enormes cantidades de energía … que necesitamos gastar para vivir.

Los líderes políticos lo saben: cuando quieren unir a los ciudadanos para apoyar sus emprendimientos más arriesgados, inventan enemigos, ataques, peligros, al mismo tiempo que se erigen como defensores infalibles, siempre y cuando ese colectivo —imaginariamente en peligro—, colabore con ellos en todo lo que sea necesario. Inmolándose, si fuera preciso.

Por lo tanto, mi duda sobre la existencia de Dios reafirma a los creyentes.

Si existe algo para lamentar en mi propuesta atea y antirreligiosa, es que no sea más contundente, para colaborar mejor.

En este caso, el tema religioso no es más que un prolegómeno a un asunto del que nunca he oído hablar.

Me refiero al larguísimo conflicto entre Estados Unidos y Cuba.

No podría asegurar que Fidel Castro haya firmado acuerdos con todos y cada uno de los gobernantes que pasaron por la Casa Blanca desde que la Revolución Cubana llegó al poder, pero es posible suponer que la enemistad es tan solo aparente porque ambos se benefician de que sus respectivos pueblos lo crean real.

El pueblo norteamericano paga muchos impuestos para mantener un ejército que lo salve del comunismo y los cubanos pasan mil penurias para que la gloriosa Revolución no fracase.

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La fe en la magia

Las religiones se toman en serio la divertida ilusión que nos proponen los magos.

Lo que llamamos «magos» son en realidad «ilusionistas».

Un mago sería (si existiera) un personaje dotado de poderes sobrenaturales, que realiza actos sorprendentes, milagrosos, reñidos con la lógica, mientras que un ilusionista es quien genera ante nosotros ciertos movimientos que nos hacen creer que un hecho mágico acaba de ocurrir.

Por lo tanto, lo que todos conocemos son personas que nos inducen ciertas creencias, visiones, interpretaciones de la realidad. Por ejemplo, nos hacen creer que con un movimiento aparatoso de sus manos, atravesaron un vidrio sin romperlo.

Dicho de otra forma, el acto mágico ocurre en nuestras mentes, somos los espectadores quienes le asignamos esa cualidad al sorprendente fenómeno que nos hicieron ver.

No solamente intervienen en esa conclusión nuestra incapacidad para percibir todos los detalles del truco, sino que es principal ejecutor de esta ilusión, nuestro anhelo de que ese tipo de cosas ocurran.

¿Por qué disfrutamos tanto con esos fenómenos milagrosos? Uno de los factores determinantes —aunque no el único—, es la megalomanía, la omnipotencia, la alocada suposición de que somos muy poderosos, de que «querer es poder» o que los límites a nuestros emprendimientos no son más que manifestaciones de nuestra falta de fe, debilidad espiritual o simple haraganería.

Recuerdo un grafiti que decía: «Lo imposible sólo toma un poco más de tiempo».

Mi cuestionamiento a las religiones se debe a que los clérigos alientan a sus fieles para que cuenten con esos poderes mágicos, para que cuenten con que «la fe mueve montañas», y como garantía de esas promesas, todo lo que no se logre en esta existencia, se logrará después de la muerte.

La vida mágica sólo es rentable para Disney Word (imagen).

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Gracias a Dios, los ateos no creemos en ...

Los religiosos y los ateos somos neuróticos muy similares, inclusive en la creencia de que somos muy distintos.

Los neuróticos somos mayoría.

Por ser mayoría, es posible decir que nosotros somos los normales, en tanto es norma padecer estas distorsiones de la realidad (negarla, proyectar las responsabilidades o culpas en los demás, creernos algo omnipotentes, estar en conflicto con nuestros deseos homosexuales, padecer leves y llevaderas obsesiones, fobias, histeria, paranoia, hipocondría y demás adornos psicológicos).

¿Qué diferencia hay entre un neurótico religioso y un neurótico ateo (como yo)?

La diferencia no deja de ser formal.

Los religiosos están pendientes de no pecar transgrediendo los preceptos de su dios, libro sagrado y tradición, mientras que los ateos estamos pendientes de no pecar transgrediendo nuestras propias aspiraciones, proyectos de vida e ideales.

Tanto los mandatos religiosos como las aspiraciones programáticas de los ateos, son en gran medida apartados de los designios de la naturaleza.

Ambas posturas ante la vida, implican forzar en parte nuestros instintos, responden más bien a los reglamentos propios de la cultura que integramos.

En otras palabras, religiosos y ateos somos fieles a un «deber ser», según las palabras de Dios o según los principios, filosofía, doctrina, ideología, respectivamente.

La expresión «somos fieles a» atiende a quienes, a su vez, creen en el libre albedrío y debería decir «estamos determinados por» para atender a los creyentes en el determinismo.

Religiosos y ateos cometemos el mismo error: suponemos que algo está bien mientras que su contrario, está mal.

Dicho de otro modo: los religiosos creen en el error de los ateos y viceversa.

Correlativamente a esta diferencia básica, los religiosos confían más en los religiosos y desconfían de los ateos porque somos materialistas.

Los ateos dudamos del realismo de los religiosos, pues cuentan con un ser (Dios) de existencia imaginaria.

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jueves, 23 de diciembre de 2010

La convivencia boxística

Tenemos dos opciones:

1) Guiarnos por lo que parece ser la realidad objetiva; o
2) Guiarnos por nuestras intuiciones confiando en que «Dios proveerá».

Como no creo en el libre albedrío, supongo que cada uno actúa inevitablemente por el criterio que se le impone (dotación genética, contexto cultural, características del inconsciente).

Es seguro que a mí me tocó actuar según la realidad objetiva y no tengo otra alternativa que hablar de lo que aparentemente sé: lo objetivo, la racionalidad, el ateísmo, etc.

Les decía hace poco que el estilo de vida capitalista es bastante salvaje (1). Me baso para afirmarlo en que disimuladamente están permitidos algunos homicidios de personas jurídicas (empresas) que están integradas por personas físicas (gente).

Según mi perfil de persona racional, objetiva y atea, considero inevitable reconocer las cosas como son, para que mi desempeño no esté perjudicialmente desalineado con el contexto en el que actúo.

En otras palabras, si vivimos en un régimen socio-económico en el que competimos con tanta rudeza que podemos llegar a causarnos daños muy penosos (y hasta irreversibles), no podemos andar por la vida como ángeles, cantándole al amor y pensando que habitamos un jardín.

La convivencia boxística implica estar dispuestos a causar el mayor daño posible y evitar padecer el mayor daño posible, cumpliendo con todas las reglas de juego.

En este estado de cosas, evitamos el mayor daño posible reconociendo que nuestros discretos, disimulados aunque inteligentes y astutos competidores, tratarán de desanimarnos, exagerarán cuán difícil es todo, retacearán todo tipo de ayuda que pueda fortalecernos en perjuicio de sus propios intereses.

Existe una consigna capitalista, usada indistintamente por todas las ideologías, que reza: «No conviene avivar tontos, porque después se volverán contra tí».

En suma: la convivencia boxística nos exige saber y aceptar que participamos en una lucha civilizada.

(1) El capitalismo sin bañarse y con perfume

Nota: la imagen muestra el momento de la pelea (1997) en la que Mike Tyson muerde una oreja a Evander Holyfield. Este fue uno de los tantos desaciertos que condujeron a la ruina al superdotado deportista.

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La rentabilidad de los mártires

Sabido es que caemos hacia abajo y que eso puede constituir un accidente fatal.

Corro el riesgo de tropezar con la obviedad más ridícula, porque disfruto del (inexplicable) placer de estudiar, pensar, redactar y publicar en este blog, ideas sobre cómo somos y qué nos convendría hacer (teniendo en cuenta «cómo somos») para mejorar nuestra calidad de vida.

Algo que parece tan evidente como la fuerza de la gravedad (y los cuidados que debemos tener con ella para no caernos y matarnos), es —por ejemplo— cómo evaluamos a las personas después de que mueren.

Por alguna razón que ahora no viene al caso, todos conocemos nuestro drástico cambio de opinión cuando nos abocamos a evaluar la gestión o la calidad humana de alguien fallecido.

Repentinamente se suspenden todos los ataques, críticas adversas e insultos y pasan a ocupar ese espacio, desde un respetuoso silencio a una encendida glorificación.

Tranquiliza pensar que estas exageraciones no son graves porque el beneficiado ya no puede influir sobre nuestras existencias.

Sin embargo, algo tan preocupante como la ley de la gravedad, es la rentabilidad que obtienen quienes se dedican a recordar o reivindicar la figura de alguien que falleció como víctima de algún acto condenable.

El fenómeno gravitacional probablemente funcione de la siguiente manera:

Todos recordarán que Dios (el más bueno de los seres imaginables), hizo matar a su hijo (Cristo), para redimir (perdonar, salvar) nuestros pecados.

La historia no nos puede dejar en un peor lugar: tenemos una deuda infinita y una culpa infinita.

¿Quién puede ganar el dinero necesario con esta mochila cargada con tales trozos de roca?

En suma: competirán con desventaja quienes, inconscientemente, sientan culpa por la muerte de Cristo, de los judíos alemanes, del Che Guevara o por cualquier otra víctima erigida para desmotivarnos, debilitarnos, gobernarnos, dominarnos, empobrecernos.

Nota: La imagen muestra un monumento recordatorio (Nagasaki) de 188 mártires japoneses que fueron perseguidos y matados por profesar el catolicismos, durante el siglo 17.

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