domingo, 5 de mayo de 2013

Somos jueces implacables por amor a Dios



 
Los seres humanos disfrutamos encontrando o inventando culpables para luego castigarlos y demostrarle a nuestro Dios protector  que seguimos mereciendo su amor y amparo.

El martes 2 de abril de 2013, en Ciudad de la Plata, capital administrativa y política de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, ocurrió un desastre natural imposible de prever: Llovió con tan insólita intensidad que todos los dispositivos de drenaje pluvial colapsaron, generándose inundaciones con tal rapidez que algunos habitantes murieron.

Cuando digo «un desastre natural imposible de prever», no lo digo por error.

Desde hace unos años a esta parte se oyen anuncios sobre el cambio climático. Se vaticinan huracanes, tormentas, aumento del nivel de los mares, deshielos en los casquetes polares, sequías. Casi nadie incluye en sus decisiones esta información, pero cuando ocurre alguna tragedia casi nadie deja de señalar la culpabilidad de quienes no atendieron esas previsiones.

Esto ocurre por dos motivos, entre otros:

1) Nuestra inteligencia nos induce a pensar que eso que constatamos ahora, «cualquiera» podría haberlo evitado. Por ejemplo, en el caso de estas inundaciones nadie recuerda que cuando se conocieron las previsiones no se produjeron marchas de protestas exigiendo que urgentemente se tomaran las medidas del caso para evitar las consecuencias de esos desastres que se pronosticaron.

2) Los medios de comunicación están llenos de pronósticos, oráculos, adivinaciones, augurios, presagios, vaticinios, anuncios, presentimientos y profecías que no se cumplieron.

Nuestra cultura no encarcela a quienes anunciaron sucesos que nunca ocurrieron. La impunidad con que cuentan los pronosticadores es tan alta que cualquiera de sus actos profesionales debe contar con la más absoluta indiferencia. Sería irresponsable destinar fondos públicos atendiendo a las profecías.

Pero los seres humanos disfrutamos encontrando o inventando culpables para luego castigarlos y demostrarle a nuestro Dios protector  que seguimos mereciendo su amor y amparo.

(Este es el Artículo Nº 1.869)

Semejanza entre ateo y católica




Una católica practicante funciona como un ateo que cree en el determinismo, y no es por casualidad.

Encontré un alma gemela aunque externamente cualquiera diría que somos «agua y aceite», es decir, dos personas ubicadas en las antípodas de la filosofía.

Se trata de una persona muy religiosa y con fuerte apego a los rituales de la Iglesia Católica. Concurre a misa,  se confiesa, hace retiros espirituales, no utiliza anticonceptivos, tiene varios hijos, reza, hace promesas, es piadosa.

¿Por qué ella se parece tanto a mí, que no creo ni en dios ni en el libre albedrío?

Nos parecemos en que ambos tenemos una vida tranquila, dejando que la naturaleza haga su trabajo.

Ella lo hace así porque confía en la inmensa sabiduría de Dios y yo hago lo mismo porque estoy convencido de que no decido nada sino que actúo obligado por una cantidad de factores que nos influyen a todos, a los seres vivos y a los objetos inanimados.

Somos muy cuidadosos, porque así se lo exige Dios y porque yo no podría ser de otra manera;

Somos buenos ciudadanos porque ella respeta estrictamente la palabra de Su Señor Jesucristo y yo porque no puedo evitarlo, si quisiera ser mejor o peor no podría porque estoy determinado rígidamente.

Ella ama a sus hijos y es generosa con ellos aunque se pone muy severa cuando el instinto le dice que debe poner límites. Yo también amo a mis hijos y dejo que sean como la Naturaleza los diseñó, pero me pongo bravo cuando me sacan de las casillas.

Ella es muy fiel a su cónyuge porque se casó ante su Dios y no podría transgredir lo que prometió; yo también soy fiel a mi esposa porque casualmente nunca tengo ni motivos ni ganas de mentirle a nadie.

(Este es el Artículo Nº 1.868)

El origen divino de las riquezas materiales

 
Una hipótesis remotamente posible dice que las riquezas materiales son, para el inconsciente de algunas personas, excrementos de Dios.

Aunque existan miles de libros sobre los diferentes temas, tenemos que reconocer humildemente que no sabemos casi nada.

El dinero y las diferentes calidades de vida que tenemos personas semejantes, seguramente están justificados por algún motivo o por miles de motivos, pero no sabemos, no sabemos, no sabemos, cuales son, a ciencia cierta. Apenas podemos proponer ideas con diferente grado de asertividad, según cuán convencido esté cada teórico, pero eso sí: el grado de convicción es inversamente proporcional al realismo del que disponga, es decir, cuanto más seguros demostremos estar de nuestras ideas, más alejados de la realidad nos encontramos.

Una idea que tiene más de un siglo de vigencia dice que el dinero, los niños y los regalos están, en nuestro inconsciente, asociados a los excrementos fecales.

Esta idea, sentimiento, suposición de los psicoanalistas, nos llevan a pensar, por ejemplo, que la avaricia es una forma de constipación o que el despilfarro es una forma de incontinencia (encopresis, defecación involuntaria).

Como la locura se caracteriza por la liberación de los contenidos inconscientes solemos enterarnos de cómo somos los humanos escuchando atentamente el extraño discursos de los psicóticos, pues ellos dicen lo que todos ignoramos de nosotros mismos.

Es probable que en el mundo mágico de la religiosidad anide la extraña creencia inconsciente en que las riquezas materiales para los humanos son en realidad excrementos fecales de Dios.

Esta idea no deberíamos enunciarla por lo disparatada y hasta por veneración a tan importante entidad.

Si esto fuera cierto podría decirse, como hipótesis ligeramente probable, que los pobres, inconscientemente, rechazan la riqueza material porque no aceptan lo que Dios desecha, mientras que, por el contrario, los ricos aceptan esos desechos (excrementos).

(Este es el Artículo Nº 1.847)


Solo podemos conocer amando



 
Para evitar lo que nos perjudica necesitamos conocerlo y el amor es el único sentimiento que nos permite conocer.

Como no creo que existan ingredientes mágicos en nuestra composición como animales humanos, están fuera de mi alcance intelectual ideas tales como alma, espíritu y Dios. Sencillamente no los entiendo. Lo más que logro hacer  con ellos es «saber» que muchos seres humanos creen en su existencia y que actúan como si esas no-sustancias fueran sustancias.

Sí creo en que ignoramos demasiadas cosas de nuestro planeta dentro de las cuales estamos nosotros mismos, en especial la psiquis que es de muy difícil acceso pues tiene que observarse a sí misma.

Las emociones parecen ser reacciones químicas que nos provocan imágenes mentales que suelen ser atractivas (amor) o repulsivas (odio). Al ser atractivas tendemos a la aproximación y las que son repulsivas nos inducen al alejamiento.

Cuando tratamos de entender nuestro entorno para mejorar nuestra adaptación a él, estamos influidos por estas emociones (sentimientos), constituyéndose en verdaderos obstáculos porque tanto el amor como el odio nos aproximan o nos alejan de lo que nos gustaría conocer.

Imagino a alguien que intentara enhebrar una aguja parado sobre un bote, al atardecer (poca luz) y en una zona de intenso oleaje. Más concretamente ahora estoy pensando en cómo los humanos tratamos de conocer el fenómeno de la delincuencia, sacudidos por la furia que nos provocan los malvivientes. Este sentimiento de rechazo nos impide realizar una observación confiable («enhebrar la aguja»).

El combate a la delincuencia, (o a las enfermedades), nos aleja del objeto de estudio y por eso no podemos conocerlo, es decir, apelamos a procedimientos basados en la ignorancia.

Como sólo podemos conocer amando (aproximándonos), cualquier solución genuina consistirá en mejorar nuestra capacidad adaptativa encontrando formas de convivencia lo más agradables posible.

(Este es el Artículo Nº 1.864)

domingo, 7 de abril de 2013

El amor al dinero o a Dios

 
Quienes aman el dinero tienen fe en la sociedad que lo emite y quienes solo aman a su Dios tienen exclusivamente fe en sí mismos.

Los humanos no somos caprichosamente desconformes: necesitamos, deseamos y anhelamos cosas diferentes a lo largo de la vida.

Esta condición puede ser una consecuencia de nuestro instinto gregario o, por qué no, la causa de ese instinto. En otras palabras:

— o tendemos a reunirnos en colectividades y por eso aprovechamos las diferentes destrezas de nuestros compañeros para disfrutar de sensaciones distintas;

— o es nuestra necesidad de disfrutar sensaciones diferentes lo que nos lleva a reunirnos con gente que tenga distintas habilidades.

Sea por el motivo que sea, el hecho es que durante toda la vida practicamos el trueque.

Cinco siglos antes de Cristo aparecieron las monedas: trocitos de metal valioso que podían ser cambiados por cualquier objeto.

Hace apenas dos o tres siglos nos animamos a remplazar esas monedas poseedoras de un valor propio (el metal precioso del que estaban compuestas) por los trozos de papel pintado que hoy usamos como dinero en forma de billetes.

Este cambio fue dramático, revolucionario, insólito. ¿Puede imaginar el estado de ánimo de quien permutó, (compró), una casa entregando una cantidad de monedas de oro y termina canjeándola, (vendiéndola), por una cantidad de papeles?

Esta revolución consistió en pasar del dinero material al dinero fiduciario, es decir, al dinero cuya circulación y aceptación dependen exclusivamente de la confianza que inspire entre los ciudadanos.

Eso es el dinero fiduciario: un papel que inspira confianza, credibilidad, fe.

La pasión, el amor, la predilección por uno mismo se denominan egoísmo, egocentrismo, individualismo.

Podríamos concluir que: Quienes aman el dinero tienen fe en la sociedad que lo emite y quienes solo aman a su Dios tienen exclusivamente fe en sí mismos.

(Este es el Artículo Nº 1.831)