domingo, 3 de marzo de 2013

Nos casamos para ser hijos únicos




Sin darnos cuenta los humanos nos casamos pretendiendo ser hijos únicos con alguien que representa a nuestra madre exclusiva jamás compartida.

En general quienes tienen hermanos no confiesan cuánto los odian y cuánto desearían su desaparición pues nadie quiere compartir a la madre.

Este odio al hermano quizá sea el origen de toda hipocresía pues la sociedad se encarga de reprimirlo ferozmente, acusando a los niños de una maldad suprema, de ser mezquinos y fratricidas.

Felizmente pocas de estas intenciones homicidas llegan a concretarse, aunque tenemos un antecedente bíblico muy significativo.

El primer ser humano que nació después de que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, fue Caín. Al tiempo, la misma pareja, y siempre según el libro del Génesis (Biblia), dio a luz a Abel, quien años más tarde fue asesinado de un golpe en la cabeza por su hermano mayor.

¿Motivo del asesinato? ¡¡¡Celos!!!

Aunque el libro del Génesis cuenta que los celos de Caín referían a una cierta predilección que demostró Dios por Abel, en pleno siglo 21 ya podemos pensar que en realidad Caín no soportó perder la exclusividad en los cuidados, atenciones y mimos que Eva le profesó mientras fue hijo único.

Pero estas reflexiones, que refieren a uno de los mitos más antiguos, están acá para hablar de otro asunto igualmente grave.

En las parejas siempre ocurren situaciones de celos absolutamente injustas, irracionales, indignas.

Efectivamente, cada cónyuge exige que su pareja le sea 100% fiel pero aceptaría tener aventuras clandestinas con otras personas.

Este pensamiento que puede alojarse cómodamente en nuestras mentes, tiene sus consecuencias: los cónyuges suelen caer en actos de infidelidad que, de ser conocidos por el otro, terminan definitivamente con el vínculo.

Sin darnos cuenta los humanos nos casamos con alguien que representa a nuestra madre exclusiva, jamás compartida.

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(Este es el Artículo Nº 1.811)

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