domingo, 5 de mayo de 2013

Mariana gana perdiendo

 
Cuando Mariana tenía doce años era popular entre sus compañeros de colegio porque nadie le había ganado en carreras de cien metros.

Ella estaba muy orgullosa de ser especialmente amada por todos y, por qué no reconocerlo, también sentía un plus de goce imaginando que algunas compañeras, con cabelleras más hermosa, con senos muy vistosos y muy solicitadas por los chicos para bailar, envidiaban la velocidad de las piernas de Mariana.

Cierta vez, en una competencia realizada entre varios colegios del barrio, Mariana, por primera vez, fue vencida por otra niña, de la misma edad pero un poquito más alta, muy delgada y afrodescendiente.

Los compañeros de Mariana intentaron alentarla disimulando la bronca que sentían por haber perdido el trofeo. El sacerdote que los lideraba también la consoló hipócritamente.

Ella nunca hubiera imaginado que eso era fracasar. Jamás había sentido tanto dolor imposible de explicar e imposible de calmar hablándolo con la almohada o escribiéndolo en el diario íntimo.

No podía dormir, lloraba, sentía dolor en el estómago, encendía la luz y se miraba las piernas pensando que en ellas estaría la explicación de algo tan insólito.

En las primeras horas de la madrugada imaginó una escena maravillosa.

Los familiares de la ganadora estaban reunidos a la hora de cenar. Padres, hermanos, abuelos, tíos. Una mesa larga. Cuando todos ya tenían servido su plato de comida, el padre los invitó a rezar como era tradición. Comenzó por agradecer a Dios el plato de comida que tenían delante y para terminar mencionó la carrera que había ganado su hija allí presente. El hombre le agradeció a Dios que existiera una persona como Mariana, que a pesar de ser la mejor de todas, que a pesar de tener las piernas más veloces, también tenía la bondad de cederle el primer lugar a su hija, que nunca había ganado una carrera y que a partir de ahora sentiría más confianza en sí misma para convertirse en una mujer feliz... gracias a la generosidad de Mariana. «¡Que Dios Bendiga a Mariana!», dijeron a coro los comensales compartiendo las lágrimas del padre.

Esta imagen provocó una incontenible felicidad en la joven que no podía dormir, sumiéndola en un sueño profundo y reparador.

Como corresponde a una chica inteligente, que aprovecha las oportunidades que le ofrece la vida, nunca más quiso ganar una carrera y dedicó toda su vida a fracasar para cederle a otras personas y a sus familias el placer de tener un hijo exitoso, segura de que en todas las cenas familiares alabarían el nombre de Mariana ..., con lo cual recibiría una gratificación superior a  cualquier otra.

(Este es el Artículo Nº 1.881)


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